CASM acompaña los 229 años de herencia garífuna: identidad, resistencia y lucha vigente
En el municipio de Iriona, Colón, el sonido de los tambores, las voces en lengua garífuna y el aroma del casabe recién horneado no solo celebran una fecha histórica: cuentan la historia viva de un pueblo que ha resistido por más de dos siglos.
En el marco de la conmemoración de los 229 años de herencia garífuna, la Comisión de Acción Social Menonita (CASM) acompañó este espacio de encuentro, reflexión y reivindicación, donde líderes, lideresas, jóvenes y personas mayores reafirmaron su identidad, pero también alzaron la voz frente a los desafíos que aún enfrentan.

Un pueblo resiliente que sigue exigiendo sus derechos
Para Gregoria Jimenez, presidenta de la Organización de Desarrollo Étnico Comunitario (ODECO) presente en el encuentro, hablar de desarrollo comunitario en los territorios garífunas es hablar de una deuda histórica del Estado.
“Estamos muy contentos de estar aquí en Iriona, un municipio donde se puede ver de manera profunda la historia de exclusión, invisibilización y discriminación hacia nuestro pueblo”, expresó.
A pesar de ello, destaca que el pueblo garífuna ha sido resiliente, propositivo y organizado. Sin embargo, insiste en que el desarrollo sigue limitado por la falta de voluntad política.
“No hablamos de un gobierno, hablamos del Estado de Honduras. Hay una corresponsabilidad en el cumplimiento de los derechos humanos, y eso es lo que ha faltado”, afirmó.

Durante la jornada, líderes de comunidades afrodescendientes, garífunas y afroantillanas compartieron reflexiones sobre los desafíos históricos que aún persisten: acceso limitado a oportunidades, falta de inversión en los territorios y la necesidad urgente de políticas públicas construidas desde las comunidades.
“Queremos ser vistos como sujetos de acción, no como objetos. Tenemos la capacidad de construir nuestras propias soluciones”, enfatizó.
Saberes ancestrales que resisten en el tiempo
En la comunidad de Batalla, municipio de Juan Francisco Bulnes, doña Juana Natividad Ávila Ruiz guarda en su memoria la historia de su pueblo y en sus manos, el conocimiento ancestral. Para ella, Batalla no solo es un nombre, es símbolo de lucha. “Significa que tuvieron que batallar para poder estar aquí. Es una lucha”, cuenta.
Desde pequeña aprendió a sembrar yuca, a rayarla, secarla y convertirla en casabe, uno de los alimentos más representativos de la cultura garífuna. “Mi mamá nos enseñaba desde niñas. Íbamos a sembrar, a cosechar… todo era un proceso que hacíamos en familia”, recuerda.
Hoy, esas prácticas continúan, pero enfrentan un reto que le preocupa profundamente: la pérdida del idioma garífuna en las nuevas generaciones. “Eso me preocupa mucho… ellos tienen que saber su lengua, no deben dejarla”, afirma con firmeza.
A pesar de los cambios, las mujeres de la comunidad siguen organizándose para producir y comercializar casabe, manteniendo viva no solo una tradición, sino también una forma de sustento colectivo.

Juventud garífuna: entre el orgullo y los desafíos
Para Yorlin Palacios, joven líder de la comunidad de Batalla, ser garífuna es motivo de orgullo, pero también implica grandes responsabilidades. “Ser garífuna es ser una persona llena de historia, de luchas, de identidad. Eso me enorgullece”, expresa. Sin embargo, reconoce que uno de los mayores retos que enfrenta su generación es la pérdida cultural.
“Se está perdiendo nuestro idioma, nuestras tradiciones… y eso es preocupante, porque debemos saber quiénes somos y de dónde venimos”, señala. A esto se suma otro desafío clave: el acceso limitado a la educación. Muchos jóvenes deben salir de sus comunidades para poder estudiar, mientras otros abandonan sus sueños por falta de oportunidades. “Hay potencial, hay jóvenes que quieren salir adelante, pero el acceso está obstaculizado por la distancia y la situación económica”, explica. A pesar de ello, Yorlin continúa formándose con la esperanza de transformar su realidad y la de su comunidad. “Mi sueño es graduarme, seguir estudiando y poder cambiar el estilo de vida de mi familia”, comparte

Territorios con desafíos estructurales
Las comunidades garífunas y miskitas en la región enfrentan múltiples retos: acceso limitado a empleo, inseguridad alimentaria, altos costos de vida y dificultades de acceso debido a carreteras en mal estado.
El aislamiento geográfico encarece los productos y limita las oportunidades, mientras muchas familias dependen principalmente de la pesca y la agricultura para subsistir.
En este contexto, la migración se convierte en una alternativa para muchos jóvenes, quienes se ven obligados a dejar sus comunidades en busca de mejores condiciones.

El acompañamiento de CASM: fortaleciendo capacidades y derechos
Desde hace años, CASM ha acompañado a comunidades garífunas y miskitas en procesos orientados a la promoción y defensa de sus derechos, así como al fortalecimiento de sus capacidades organizativas. Este trabajo incluye el impulso de iniciativas que contribuyen a la seguridad alimentaria, el acceso a medios de vida y el fortalecimiento de estructuras comunitarias.
Para CASM, trabajar en estos territorios es fundamental, no solo por los desafíos que enfrentan, sino por la riqueza cultural, organizativa y humana que poseen.

Herencia viva, futuro en construcción
A 229 años de su llegada a territorio hondureño, el pueblo garífuna continúa resistiendo, adaptándose y luchando por un futuro más justo. Las voces de personas como doña Juana y Yorlin reflejan una realidad compleja, pero también una esperanza profunda: que las nuevas generaciones mantengan viva su identidad, su lengua y sus tradiciones.
Porque la herencia garífuna no es solo historia… es presente, es lucha y es futuro.


